Las elecciones del 31 de agosto dejaron una enseñanza clara en Corrientes: la sociedad no tolera más la mentira, el agravio ni la política de cloaca como método de supervivencia. Martín “Tincho” Ascúa, candidato del kirchnerismo, montó una campaña de desprestigio contra Juan Pablo Valdés que pasará a la historia por su nivel de bajeza, calumnias e injurias.
Durante meses, Ascúa y su entorno repitieron ataques personales, vinculaciones absurdas y acusaciones sin pruebas, en un intento desesperado por erosionar la figura del joven intendente de Ituzaingó. Nada quedó fuera de su repertorio: desde operaciones mediáticas financiadas con encuestas truchas hasta la manipulación de tragedias humanas para instalar dudas en el electorado. La política degradada en su máxima expresión.
Pero el pueblo correntino fue contundente. Le dio la espalda a ese modelo de agresión y lo castigó en las urnas. Valdés no solo ganó: propinó una verdadera paliza, sacándole más de treinta puntos de diferencia a su adversario. La campaña sucia rebotó en quien la impulsó, hundiendo a Ascúa en la peor derrota de su carrera y dejando al kirchnerismo provincial reducido a cenizas.
El contraste no pudo ser más evidente. Mientras Valdés habló de gestión, futuro y desarrollo, Ascúa eligió la cloaca como estrategia. Y el resultado fue letal: la sociedad eligió esperanza y castigó la miseria política.
El 31 de agosto marcó el final de un estilo. La campaña de Ascúa, montada sobre injurias, fue sepultada por el voto popular. El gobernador electo, Juan Pablo Valdés, emergió fortalecido, con un mandato claro: avanzar en un modelo de progreso y desarrollo, lejos de la decadencia moral que quiso imponer el kirchnerismo local.



